Un juicio por la verdad concluyó con el reconocimiento de la responsabilidad del Estado en el crimen perpetrado en José León Suárez, el 9 de junio de 1956. Un debate histórico que puso fin a setenta años de impunidad y dio pie a la investigación más célebre del periodismo argentino.
“Hay un fusilado que vive”. Así arranca Operación Masacre, texto fundacional del periodismo narrativo y de investigación, de la crónica policial y política. El texto fue escrito por Rodolfo Walsh en 1957, casi diez años antes de que Truman Capote publicara A sangre fría. Un relato en caliente sobre los fusilamientos clandestinos perpetrados por la dictadura de Aramburu en 1956 en los basurales de José León Suárez. El múltiple crimen que hoy, setenta años después, encontró justicia.
El juicio por la verdad que concluyó en los juzgados de San Martín dictaminó que se trató de crímenes de lesa humanidad. Consideró que hubo responsabilidad del Estado en la planificación, ejecución y encubrimiento de los fusilamientos de doce militantes peronistas. En la puerta de los tribunales, las imágenes de los descendientes de las víctimas, con las fotos en blanco y negro de Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brion y Vicente Rodríguez, quedarán para la historia.
Para la jueza Alicia Vence, ante lo expuesto y debatido en el juicio por la verdad, tanto el presidente de ese tiempo, Pedro Eugenio Aramburu, como los otros responsables a sus órdenes, varios jefes policiales (hoy todos fallecidos) fueron culpables de cinco homicidios agravados y siete intentos de homicidio. Les hubiera correspondido la prisión perpetua.
Los intentos de homicidio corresponden a los siete que lograron sobrevivir del grupo de doce detenidos. Habían sido secuestrados en la noche de ese 9 de junio en una casa en Florida. Los llevaron a una comisaría hasta que llegó la orden de fusilarlos en un descampado. Con los disparos de las armas rasgando la oscuridad, en un basural de José León Suárez, algunos se enfrentaron a sus secuestradores y lograron huir, amparados por la noche.

A Livraga, que recibió tres disparos, lo dieron por muerto. Al amanecer pidió auxilio y lo trasladaron a un hospital, del que se lo llevaron preso. A seis meses del episodio, Walsh escuchó hablar de “un fusilado que vive”, y decidió investigar y contar la historia. Livraga es el único que sigue vivo (tiene 96 años) y pudo escuchar por fin el cierre a un pedido de justicia que lleva setenta años. A las familias de los asesinados les entregaron los cuerpos, pero les impidieron despedirlos públicamente pues eran “traidores a la patria”.
En su alegato final, el querellante Alberto Palacio habló de “memorias que sobrevivieron a setenta años de silencio impuesto”. “El duelo era puertas adentro -dijo-puertas afuera era duelo bajo sospecha. No podían decir el nombre de sus padres en voz alta; aprendieron a callar desde niños. Hace 70 años se les niega la verdad reconocida por la justicia”. Ahora, una placa marcará el lugar del que se los llevaron y otra el que fue testigo de los fusilamientos. Mientras Operación Masacre se sigue leyendo en las escuelas de periodismo.
