Argentina – Inglaterra: los antecedentes que construyeron un clásico y la oportunidad de Messi para hacer más grande su leyenda

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A las 16 se juega la otra semifinal del Mundial y el ganador se medirá el domingo contra España. Para Scaloni, es solo “un partido de fútbol”, pero… ¿lo es?

 

“Es un partido de fútbol. No hay más que eso. No confundamos”, contestó Lionel Scaloni en la conferencia de prensa posterior a la victoria frente a Suiza que clasificó a Argentina para las semifinales frente a Inglaterra. La respuesta salió como un rayo, con una contundencia y firmeza inusitadas para la soltura y amabilidad habitual del director técnico argentino.

No hay que sobreanalizar para interpretar sus palabras y su modo. Scaloni quiso restarle dramatismo al partido, quiso impedir que lo pusieran a hablar de cuestiones geopolíticas, históricas, sobre soberanía (y también, por supuesto, evitar que sus jugadores se sobrecargaran con cuestiones extra futbolísticas).

Es válido preguntarse si Scaloni tiene razón, meternos dentro de su afirmación, pensar sobre el tema.

No cabe dudas que tiene razón sobre la cuestión principal: “Es un partido de fútbol”. Con todo lo que eso implica.

Una semifinal de un Mundial, entre dos de los ocho países campeones del mundo, con el mejor jugador de la historia involucrado, y uno de los clásicos del fútbol mundial desde hace, al menos, 75 años. Citemos a ese gran y discreto hombre que es Julián Álvarez que después de su golazo frente a Suiza dijo cuando le preguntaron sobre Inglaterra: “Se viene un partidazo de semifinal. Con todo el chimichurri que tiene”.

Hagamos una pregunta de respuesta obvia, casi retórica: ¿Es el fútbol importante? Por supuesto que sí. ¿Qué otro evento puede generar esa tensión, esa ansiedad? ¿Qué otro hecho paraliza las calles, las convierte en las despobladas calles de una película del Oeste: solo faltan los fardos de pasto rodando por el viento? Pocas cosas como el fútbol pueden monopolizar la conversación pública (escribo esto en un bar mientras espero que mi hija salga del colegio: en tres de las cuatro mesas que me rodean se habla del partido de hoy, de la logística para llegar a verlo con la familia, de Messi, de los nervios, de las promesas).

Es un partido de fútbol, pero tenemos al mejor del mundo. (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)
Es un partido de fútbol, pero tenemos al mejor del mundo. (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)

Sólo el fútbol puede asegurar grandes efusiones en los días gloriosos o un clima de luto colectivo en las malas jornadas (recuerden el ánimo subterráneo tras la suspensión de Diego en el 94). Las manifestaciones más masivas de la historia argentina se produjeron después de los tres títulos mundiales ganados por Argentina. Se calcula que en esos días -no importa si fueron las noches heladas de junio del 78 o las tardes agobiantes de diciembre de 2022- salió a la calle, en cada ciudad, pueblo o plaza del país, más del 70% de los argentinos.

El fútbol es importante (posterguemos la discusión de si eso está bien o mal).

Pero hasta este punto no hablamos del condimento especial, fundamental del partido de hoy a la tarde. El rival es Inglaterra.

Si el fútbol es el mundo de la hipérboles, donde todo se exagera; los mundiales llevan eso al paroxismo. Un partido entre Argentina e Inglaterra por un Mundial multiplica todo al infinito.

Los dos mayores movilizadores del nacionalismo (y del chauvinismo) local son el fútbol y Malvinas. No es casual que hayan sido los únicos dos momentos en los que la Dictadura logró poner masas en las calles (con un agravante severo: en Malvinas la multitud en la Plaza de Mayo vivó eufórica al dictador Galtieri, decenas de miles gritaron su nombre).

Inglaterra en los mundiales aúna ambas facetas.

La comparación con el Mundial 86 se volvió un lugar común. El partido, por derecho propio, se ganó su lugar en la historia. El primer enfrentamiento posguerra, un encuentro eliminatorio, la Mano de Dios, el Gol del Siglo, Lineker, el nucazo del Vasco, Gámez a las piñas, la banda sonora perfecta en el relato de Víctor Hugo -y hasta la narración extraordinaria, la autopsia minuciosa del 2-1 y sus circunstancias realizada por Andrés Burgo en su libro excepcional El Partido, con el posterior documental-.

"El Gol del Siglo": Diego Armando Maradona brilló ante Inglaterra en 1986 con una gran carga política y emocional. (Foto: Reuters)
“El Gol del Siglo”: Diego Armando Maradona brilló ante Inglaterra en 1986 con una gran carga política y emocional. (Foto: Reuters)

Pero las circunstancias de aquel partido con las de hoy son muy diferentes. Extremadamente distintas.

Es claro que Messi corre el riesgo de ser comparado con ese Diego pletórico de 25 años, en la cima de su genio. Leo tiene 39 años, lleva muchísimos partidos encima, dos tiempos suplementarios y varias actuaciones descollantes y decisivas.

Antes de que se juegue el partido: Messi no tiene ninguna cuenta pendiente, ningún pagaré a levantar. Si Argentina juega semifinales es porque él, como de costumbre, nos trajo hasta acá no sólo por sus goles y gambetas sino por su liderazgo basado en el ejemplo, la horizontalidad y el amor. Un año atrás discutíamos si como en los últimos partidos de Eliminatorias o en la Copa América dosificar su tiempo en la cancha, si entraría en la última media hora o descansaría cada tanto. Nadie en su sano juicio podía prever semejante protagonismo. Es algo que atenta contra la lógica, contra las leyes del envejecimiento.

En el 86 habían pasado solo cuatro años de la Guerra de Malvinas. La herida estaba muy fresca, la democracia se estaba acomodando, los recuerdos y el dolor eran demasiado cercanos. Los jugadores han contado -y Burgo lo reconstruyó con maestría- que se encargaron de declarar en la misma línea que Scaloni pero que en la intimidad sentían el peso extra de lo que había sucedido, de lo que habían visto y leído en los diarios, de los relatos de algunos amigos del barrio o compañeros de club que habían combatido en las Islas, varios de los cuáles no habían vuelto o habían regresado transformados, lastimados para siempre.

Y por más que uno sepa que sólo se deba tratar de un partido de fútbol, es evidente que las cuestiones extras -el nacionalismo, el conflicto bélico, los muertos, el reclamo de la soberanía- sobrevuelan inevitablemente. Es cierto que debe influir más en los argentinos que en los ingleses. Por varios motivos: el principal es que Inglaterra es un país habituado a las guerras -de ellas se alimenta su historia- y esta fue breve y muy lejana; una historia que se fue disipando de la conversación pública británica.

Lo que no podemos determinar es si este tema presente en la cabeza de los argentinos puede funcionar como presión adicional, incómoda para unas semifinales, o como combustible superador.

Soy de los que cree que no habría que cargar estos partidos importantísimos en sí mismos con cuestiones adicionales. Pensado en frío es ridículo creer que un partido puede influir en la que llamamos La Causa Malvinas (con sus implicancias sociales, políticas y sociológicas).

Pero debemos reconocer nuestras culpas. En las canciones canónicas de aliento del Mundial pasado y de este, “Los pibes de Malvinas” y “Malvinas” están presentes y son entonadas por todos nosotros. Así que parece tarde para que exijamos que no se mezclen las cuestiones. Ninguno de nosotros (o muy pocos lo hicieron) alzó la voz contra el verso demagógico de la letra o que buscaba impacto.

Ayer hacía zapping por los canales de noticias, buscaba material para pensar este asunto. En todos se hablaba del partido de hoy, era casi el tema exclusivo. Conductores, panelistas en el piso, gente común entrevistada en la calle, los enviados especiales al Mundial. Todos hablaban de lo mismo. Casi nada de fútbol y de cuestiones tácticas y bastante -demasiado- de todo lo que rodea al partido.

Ambas selecciones se cruzarán en Semifinales y no será un partido más. (AP)
Ambas selecciones se cruzarán en Semifinales y no será un partido más. (AP)

Los partidos entre Argentina e Inglaterra siempre generaron una terrible expectativa. Por un lado, enfrentarse al creador del fútbol; por el otro, el tema Malvinas y la ofensa colonial, la soberanía violada.

En 1951, se enfrentaron en Wembley. Argentina iba ganando y por primera vez el local perdía en el estadio mítico, parecía que perdían el invicto. Pero lo dieron vuelta con fallos arbitrales dudosos. De ahí surgió el primer héroe de estos duelos: Miguel Rugilo, el arquero argentino de gran actuación que fue bautizado para siempre como el León de Wembley.

Dos años después, los ingleses vinieron a Buenos Aires. Un partido abortado por lluvia; el otro, triunfo argentino. El héroe fue Ernesto Grillo, autor del que llamaron Gol Imposible. Siempre se dijo que lo había hecho desde un ángulo muy sesgado, desde la línea de fondo, dándole a la pelota un efecto imposible. Pero hace unos años se difundieron las imágenes fílmicas y todos pudimos ver que fue un gran tiro, una definición muy inteligente, pero que de imposible tenía poco. La construcción del mito, muchas veces, es más importante que la certeza histórica.

Pero el partido que más me interesa para pensar esto es el de junio del 77 en cancha de Boca. La última vez que la Selección Inglesa vino al país. Fue por la Serie Internacional que organizó la AFA en preparación al Mundial 78. El partido fue aburrido. Empate 1-1. Muchas patadas, algunas piñas, dos expulsados. El Diario Crónica la mañana previa tituló: Por las Malvinas: PEDIMOS UN ARGENTINAZO: Es lo que reclama el pueblo que hoy colmará la cancha de Boca cuando se enfrente nuestro seleccionado al de Inglaterra”. En la edición de la tarde, en la sexta, media página del análisis del encuentro estaba dedicada a contar con orgullo y fruición como todo el estadio había chiflado atronadoramente el himno inglés, y en cómo la delegación visitante fue hostigada en su paso por el país. La paradoja es que siete días después Escocia jugó también en la Bombonera y el mismo himno (God Save The Queen) fue aplaudido respetuosamente.

Está claro que Malvinas siempre estuvo en la ecuación de los partidos entre las dos selecciones y que el pico de esa intensidad ocurrió en el 86. Después hubo otros dos cruces mundialistas. En el 98 con victoria por penales para el equipo de Passarella y derrota para los de Bielsa en el segundo partido del Mundial 2002. A Juan Sebastián Verón, que tuvo un flojo rendimiento en Japón, lo trataron como si fuera un traidor a la patria. Pero nadie recordó que cuatro años antes, ante el mismo rival y en un partido eliminatorio, había sido una de las grandes figuras de la cancha, había batallado 120 minutos y que en su penal la había puesto en un ángulo. Pero siempre es más fácil lapidar a alguien que tratarlo con justicia.

Pasaron cuarenta años del partido de México 86. Nuestras actitudes no debieran ser iguales. Sería bueno que como sociedad evolucionáramos. Y que si no nos parece pertinente mezclar algunas cuestiones -para ser precisos: mezclarlas más que lo conveniente- no lo hagamos tampoco cuando sólo parece una picardía, una ocurrencia; antes que estos cruces agónicos en instancias decisivas se materialicen.

Ayer Juan Pablo Varsky escribió una excelente nota sobre el tema en La Nación: “Argentina-Inglaterra es mucho más que un partido de fútbol. En una semifinal de Copa del Mundo, con los cracks que lo jugarán, con la historia y el contexto que lo envuelve, es el mejor partido que este deporte incomparable puede ofrecer en este momento. Es un regalo de la vida“.

En estos días han aparecido comunicados de asociaciones de veteranos de guerra (“El deporte no es la guerra”, dicen) y testimonios de familiares de caídos en las Islas Malvinas que piden que no se mezclen las cosas, que se lo vea como un gran partido de fútbol, que la gente no pretenda que nuestros jugadores suplan lo que la política y la diplomacia deben hacer.

Tenemos que recordar que muchos de nuestros jugadores juegan o jugaron en el fútbol inglés, viven allí. Fueron recibidos por esa sociedad. Allí se instalaron con sus familias, o las formaron. Allí nacieron sus hijos.

Hubo un testimonio mucho más contundente que los demás. El de la madre de Alexis Mac Allister. Dijo que sufre con los partidos, que acompaña a su hijo, que canta las canciones con su nieta pero que hay una en la que se queda callada, una en la que las dos, abuela y nieta, se niegan a seguir cantando: “El que no salta es un inglés”. La hija de Alexis, la nieta de la señora, nació en Inglaterra. También los hijos de Enzo Fernández. Su esposa, Valu Cervantes, dijo que Inglaterra fue un país que les dio mucho y que a los chicos no los dejan saltar cuando aparece esa canción. Hay gente que en las redes sociales ataca a estas dos mujeres por decir lo que piensan, lo que sienten, sin admitir que esos pensamientos y esos sentimientos sean diferentes a los de otros, en especial guiados por sus propias vivencias y las de sus familias.

Acaso esto sea una prueba más de que no hayamos aprendido una de las principales lecciones de la Guerra de Malvinas: el peligro del pensamiento único, del unanimismo. Tan peligroso que una Plaza de Mayo entera terminó cantando el nombre del dictador.

Hoy se va a jugar un partido de fútbol. Uno de los más importantes posibles. Ojalá festejemos. Ojalá se convierta en otro recuerdo inolvidable. Ojalá la Scaloneta y Messi sigan alimentando su leyenda inverosímil. Lo deseamos con todo el corazón. La Scaloneta se lo merece.

 

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